La diferencia entre un hecho doloroso y un trauma: cómo las heridas del pasado siguen influyendo en la vida
El médico Gabor Maté explica en el podcast de Jay Shetty por qué algunas vivencias se convierten en traumas que marcan el cuerpo y la mente años después. Una mirada cálida para entender nuestras reacciones sin culpas.
El médico Gabor Maté, en una reciente entrevista en el podcast de Jay Shetty, volvió a poner sobre la mesa un tema que muchas familias conocemos de cerca: no todos los hechos difíciles de la infancia se convierten en trauma, pero algunos sí dejan huella profunda en cómo nos relacionamos, criamos y vivimos de adultos.
Según Maté, un hecho doloroso es algo que duele en el momento y luego se integra. Un trauma, en cambio, es una herida que no se cierra del todo y sigue condicionando nuestra respuesta al estrés, nuestras emociones y hasta nuestra salud física. La diferencia no está tanto en la gravedad objetiva del evento, sino en cómo lo vivió el niño o la niña y en el apoyo que recibió (o no) en ese momento.
Esto resuena especialmente con quienes estamos criando. Muchas veces nos encontramos reaccionando de forma desproporcionada ante una pataleta, un “no” rotundo o un llanto interminable. Y de pronto aparece esa vocecita interna que nos dice: “¿Por qué me altera tanto esto?”. La respuesta suele estar en experiencias tempranas que quedaron guardadas en el cuerpo.
Maté insiste en que el trauma no es solo lo que nos pasó, sino lo que nos faltó: la contención, la sintonía emocional, la posibilidad de ser vistos y consolados. Cuando un niño vive algo doloroso sin que un adulto confiable lo ayude a procesarlo, el sistema nervioso aprende que el mundo no es seguro. Esa lección se lleva a la adultez y, muchas veces, a la maternidad o paternidad.
“El trauma es una herida que sigue doliendo cada vez que algo en el presente se parece a lo que pasó en el pasado”, sintetizó el médico. Por eso una madre que fue criticada constantemente de chica puede sentir pánico cuando su hijo saca una mala nota. O un padre que creció con ausencias emocionales puede bloquearse cuando su bebé llora sin parar.
La buena noticia que trae Maté es que el cerebro y el cuerpo son plásticos. No se trata de “superar” el pasado de un día para el otro, sino de empezar a reconocer esas conexiones. Observar sin juzgar cuándo estamos reaccionando desde la herida y no desde el presente. Preguntarnos: ¿esta intensidad es por mi hijo o por algo que yo viví?
Desde la crianza respetuosa, este enfoque nos invita a ser más compasivos con nosotros mismos. No es que “no seamos capaces” de poner límites o de sostener el llanto. Es que estamos cargando con una mochila que nadie nos enseñó a descargar.
Revisar la forma en que comprendemos el sufrimiento humano, como propone Maté, significa dejar de pensar que “el que no llora es porque es fuerte” o que “los chicos se olvidan rápido”. Los chicos no olvidan: integran. Y si no tienen herramientas para integrar, guardan.
¿Cómo empezar a sanar en la vida cotidiana? Una sugerencia práctica y alcanzable es prestar atención a las sensaciones corporales. Cuando notamos que el corazón se acelera, que nos ponemos tensos o que queremos escapar de una situación con los chicos, podemos pausar un segundo, respirar y nombrar lo que sentimos: “Esto me está recordando algo viejo”. Ese pequeño acto de conciencia ya empieza a romper el ciclo automático.
También ayuda buscar espacios donde podamos hablar de nuestra historia sin miedo a ser juzgados: una amiga, un grupo de crianza, un terapeuta. No se trata de analizar todo hasta el cansancio, sino de entender que nuestras reacciones tienen sentido. Y que entenderlas nos da más margen para elegir cómo responder a nuestros hijos.
Al final, criar mientras sanamos es uno de los caminos más poderosos que existen. Nuestros hijos no necesitan padres perfectos; necesitan adultos que estén dispuestos a mirar sus propias heridas para no traspasarlas sin querer.
Si sentís que algunas situaciones con tus hijos te desbordan más de lo esperado, no estás fallando. Estás cargando con algo que merece ser visto con amabilidad. Y ese primer paso de reconocimiento ya es un acto de amor enorme, tanto para vos como para ellos.